Queridos hermanos y hermanas:
   San Pablo sustituye, en su interpretación, la palabra Torá por la palabra confesión y fe. Dice: realmente Dios está cerca, no son necesarias expediciones complicadas para llegar a él, ni aventuras espirituales o materiales. Dios está cerca con la fe, está en tu corazón, y con la confesión está en tus labios. Está en ti y contigo. Realmente Jesucristo con su presencia nos da la palabra de vida. Así entra, por la fe, en nuestro corazón. Habita en nuestro corazón y en la confesión llevamos la realidad del Señor al mundo, a nuestro tiempo.  La ciencia y la técnica conllevan grandes inversiones: las aventuras espirituales y materiales son costosas y difíciles; pero Dios se da gratuitamente. Las cosas más grandes de la vida —Dios, amor, verdad— son gratuitas. Dios se da en nuestro corazón. Diría que deberíamos meditar a menudo sobre esta gratuidad de Dios: no hacen falta grandes dones materiales ni intelectuales para estar cerca de Dios. Dios se da gratuitamente en su amor, está en mí, en mi corazón y en mis labios. Esta es la valentía, la alegría de nuestra vida. Es también la valentía presente en este Sínodo, porque Dios no está lejos: está con nosotros con la palabra de la fe. Pienso que también esta dualidad es importante: la palabra en el corazón y en los labios. Esta profundidad de la fe personal, que realmente me une íntimamente con Dios, se debe confesar: fe y confesión, interioridad en la comunión con Dios y testimonio de la fe que se expresa en mis labios y de ese modo se hace sensible y presente en el mundo. Son dos cosas importantes que siempre van juntas.
Más adelante, el himno que estamos comentando indica también los lugares en los que se encuentra la confesión: "os, lingua, mens, sensus, vigor". Todas nuestras capacidades de pensar, hablar, sentir, actuar, deben hacer resonar —el latín usa el verbo "personare"— la Palabra de Dios. Nuestro ser, en todas sus dimensiones, debería llenarse de esta palabra, que de ese modo llega a ser realmente sensible en el mundo; que a través de nuestra existencia resuena en el mundo: la palabra del Espíritu Santo.
Brevemente, otros dos dones. La caridad: es importante que el cristianismo no sea una suma de ideas, una filosofía, una teología, sino un modo de vivir; el cristianismo es caridad, es amor. Sólo así nos convertimos en cristianos: si la fe se transforma en caridad, si es caridad. Podemos decir que también logos y caritas van juntos. Nuestro Dios es, por una parte, logos, razón eterna; pero esta razón es a la vez amor, no es matemática fría que construye el universo, no es un demiurgo; esta razón eterna es fuego, es caridad. En nosotros mismos debería realizarse esta unidad de razón y caridad, de fe y caridad. Y así, transformados en la caridad, ser divinizados, como dicen los Padres griegos. Diría que en la evolución del mundo tenemos este recorrido ascendente, desde las primeras realidades creadas hasta la criatura hombre. Sin embargo, esta escala todavía no está completa. El hombre debería ser divinizado y, de ese modo, realizarse. La unidad de la criatura con el Creador: este es el verdadero desarrollo, llegar con la gracia de Dios a esta apertura. Nuestra esencia se transforma en la caridad. Si hablamos de este desarrollo también pensamos en esta última meta, a la que Dios quiere llegar con nosotros.
Por último, el prójimo. La caridad no es algo individual, sino universal y concreto. La universalidad abre los límites que cierran el mundo y crean las diversidades y los conflictos.  Debemos tender a esta unificación de universalidad y concreción, debemos abrir realmente estas fronteras entre tribus, etnias y religiones a la universalidad del amor de Dios. Roguemos al Señor que nos conceda todo esto, con la fuerza del Espíritu Santo. 

 


 
St. Joseph's Catholic Church