Hablamos bastante sobre los pobres en América, y tiramos bastante dinero en programas sociales. Por supuesto que debemos de ayudar a los pobres con cosas materiales como la comida, asistencia con el arriendo, y las becas y matrículas escolares, y esto hace nuestra parroquia. Sin embargo, la pobreza más profunda en América no es material, sino social. Pues tal parece, que aquellos que viven en casas del gobierno tienen celulares, pantallas planas de TV, pero sus vidas son un desastre. Es además de la pobreza, que persiste la desintegración social. Niños sin padres, adolescentes embarazadas, laboratorios de metanfetaminas, desempleo, y el nivel de crimen que dobla aquel del resto del país. El currículo de nuestras escuelas, el cine y la música, y aquellos que determinan la opinión publica nos han convencido que dejemos las virtudes que preservan la harmonía social.
He aquí una frase de R.R. Reno en un artículo reciente para la revista First Things: “¿Desea ayudar a los pobres?... Hágase voluntario en una cocina que sirva comida a los pobres o ayude a edificar casas. Pero usted puede hacer mucho más casándose y siendo fiel a su cónyuge. Tenga la valentía de usar palabras tradicionales tales como castidad y honor. Use una corbata. Apague los shows de TV que son basura. Siéntese a cenar cada noche con su familia. Deje de usar palabras vulgares como exclamaciones. Vaya a la iglesia o la sinagoga. Nieguese rotundamente a “no preocuparse” por el estado de la sociedad e insista en mantener las virtudes que han edificado a este país.

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