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   Hace dos semanas que fui a la beatificación del Papa Juan Pablo II celebrada por el Papa Benedicto XVI.  Los dos hombres como los apóstoles Pedro y Pablo—opuestos en temperamento, pero unidos en una misión.  Estos dos hombres tan diferentes, se amaban con un afecto fraterno y han trabajado unidos hacia una sola meta— el hacer que Cristo sea conocido y amado.  Al final de la homilía de beatificación, Benedicto tomó unos minutos para recordar.   “Por 23 años, estuve a su lado...mi propio servicio fue sostenido por su profundidad espiritual y la riqueza de sus pensamientos.  Su ejemplo de oración me impresionó y edificó continuamente…”
   También yo tuve un encuentro personal con Juan Pablo II ese día.  Antes de la Misa, me encontraba tratando de llegar a  la Plaza de San Pedro,  mientras empujaba a otros en la manera típica antes de cada Misa Papal, cuando de pronto, sentí que alguien tocaba mi hombro.  Volteé y vi el rostro honesto del Padre Vincent Siret, el rector del seminario de Ars, Francia; quien estuvo en nuestra parroquia por una semana el verano pasado cuando trajo consigo la reliquia del corazón de San Juan Vianney.  Lo seguí y  a sus hermanos sacerdotes y me senté con ellos.  Tuvimos dos horas antes de la Misa, entonces hablamos sobre Juan Pablo II, lo que él significaba para la Iglesia, el mundo y nuestras vocaciones.  La Misa eventualmente comenzó, y un poco después del Acto Penitencial, el Papa dirigió el Rito de Beatificación.  Algunas notas biográficas fueron leídas, y el Vicario General hizo la petición a Benedicto de que declarase a Juan Pablo II “Beato,” y nuestro Papa con gusto pronunció el decreto de beatificación (“declaramos que el venerable servidor de Dios, Juan Pablo II, Papa, de ahora en adelante será llamado Beato…”).  Dos millones de personas comenzaron a aplaudir y gritar porras, el coro comenzó a cantar un himno de gozo con estruendo, las campanas sonaron… pero el Padre Vicente y yo notamos un movimiento silencioso hacia nuestra izquierda.  Una pequeña procesión estaba pasando cerca a nosotros, a unos diez pies de donde nos encontrábamos.  Era la humilde monja Bélgica , Sor Marie Pierre-Simón, la cual su cura instantánea de Parkinson había servido como el milagro para la beatificación de Juan Pablo II.  Ella y algunos niños cargando flores, traían la “reliquia” del Beato Juan Pablo II al altar—un frasco con su sangre, la cual había sido extraída durante su ultima enfermedad.  El Coro comenzó a cantar “el tema de Juan Pablo II,” No tengas miedo.  Abre las puertas de tu corazón al amor de Cristo.  El Padre Vicente comenzó a limpiar sus lagrimas furtivamente, mientras mis ojos se llenaban hasta el borde.  Nos dimos cuenta que Juan Pablo estaba vivo, y estaba pasando por donde nosotros.  El fue el sacerdote que nos llevó a cada uno a nuestro sacerdocio; el que nos enseñó a amar a Cristo y a su Iglesia.  El enseñó al mundo a no temer al amor de Dios. 
    La “Beatificación” declara que esa persona ya se encuentra en el Cielo.  El también estaba  en la tierra para todos nosotros los sacerdotes aquel día.