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Mi mamá y yo
_Hoy cumplo 50 años. Un amigo alzó sus hombros y me dijo “es solo otro día, Padre.”  Fuera del hecho que ahora puedo ser oficialmente un miembro del “Seniors Group” de St. Joseph’s, me imagino que el cumplir 50 años es solo otro día, aunque me gustó bastante el haber tenido 49 el año pasado.  Mi mamá dice que sus 50 fueron su década preferida.  Ella va a entrar en sus 80, y me dirá entonces si esta ha sido mejor que sus cincuenta. 
   Yo no creo que yo vaya a llegar a los cien años, especialmente de la manera en que anda este mundo, entonces supongo que ya llevo dos terceras partes del camino para llegar “allá.”  y ¿Dónde es allá?   “allá”  esperamos que sea el Cielo.   Ya llevo dos tercios del camino al Cielo cubiertos, con una parada, me imagino, en el Purgatorio.  Entre más rápido llegue al Purgatorio, más rápido podré llegar al Cielo.  Esperemos que su querido Pastor no vaya al Infierno, y que ninguno de ustedes tampoco.  Para esto debemos de depender por completo en la gracia de Dios. 
   Pero volviendo al tema (es mi cumpleaños, y cumplo cincuenta años, entonces me estoy saliendo del tema un poco en este artículo).   Mi tema: Envejeciéndonos.  Siempre nos estamos quejando de estarnos envejeciendo, pero realmente, no es algo para nada malo.  ¿Recuerdan como nos quejábamos de ser muy jóvenes?  Cada edad tiene sus gozos y sus tristezas, pero creo que el envejecerse es un hermoso regalo de Dios.  Porque entre más nos envejecemos, más jóvenes nos volvemos.  Entre más viejos, más nos acercamos a nuestro renacimiento, la verdadera vida.
   En 1997 llevé a un grupo a la Jornada Juvenil en Paris.  Tomamos el tren a Lisieux a ver a Santa Teresita.  En su basílica, en el altar mostrando su muerte, se encontraba escrito en francés, “ No estoy muriéndome, estoy entrando en la vida.”  Pude oler rosas hermosas en aquel altar, y me convencí que la muerte, y el envejecer, son un regalo.  Ese día, la muerte perdió su poder sobre mí.  Santa Teresita obtuvo este obsequio para mi.  El envejecer, es simplemente el dejar que Dios tenga más de mi vida, día tras día.  La vida no se nos va de las manos cuando envejecemos— se la damos a Dios.  La muerte será el reposar seguro en las expertas manos de un cirujano perfecto. Estoy contento de tener cincuenta años, 50 años más cerca de aquel día.