Hace dos semanas se celebró La Semana de Vocaciones, y nosotros no lo hicimos, pues nos enfocamos en la Misión de Rusia. Quisiera contarles una historia para hacerles pensar en las “Vocaciones.” Yo descubrí mi vocación al sacerdocio durante un retiro. Una vocación es una llamada, y esta llamado de Dios no se puede escuchar en el constante ruido de nuestro mundo. Necesitamos alejarnos, estar en silencio, para poder oírlo a Él.
Estaba en mi penúltimo año en Penn State y tres de nosotros manejamos cinco horas a un monasterio en Nueva York. Después de la cena una noche, fui a la biblioteca en la casa para los visitantes. Desde la ventana del segundo piso, podía ver a unos 20 monjes en sus hábitos negros saliendo del monasterio. Estaban dando una caminada durante su tiempo de recreación comunal en aquella tarde. Mientras pasaban hacia el campo, iban hablando y riéndose. Admiré mucho su fraternidad. Por primera vez sentí, que si me casaba con mi novia de la universidad, lo cual estábamos planeando hacer, tendría que dejar aquella clase de fraternidad. De pronto sentí cuanto tiene que dejar a un lado un hombre casado limitándose a una esposa, y cuanto recibe un sacerdote al casarse con la Iglesia. No tomé la decisión en ese entonces—serían muchos años después cuando yo entraría en el seminario. Pero este fue un punto crucial.
Es mejor para un hombre o una mujer que encuentren sus vocaciones antes de los 25 años. Algunos nunca la encuentran, o lo hacen después de que han pasado por la vida malgastando su juventud en cosas que no satisfacen. Para encontrar la vocación, uno debe de entrar en silencio. Uno debe de asistir a un retiro como el retiro parroquial que pone el apostolado de MI el primer sábado de febrero cada año. Este año cae el 5 de febrero. Si usted es joven, le recomiendo este retiro. Por favor diríjase a las páginas 5 y 7 del boletín para más información.

RSS Feed